Jobel

Cada vez que me cruzo con Chuck Berry, Little Richard y Jerry Lee Lewis también me reencuentro con Jobel.

Lo irónico es que a Jobel tengo 32 años de no verlo. Desde que dejé el segundo grado, para ser exacto.

Pero deben saber, que, si alguien influyó para que aquel niño solitario, asocial y perdido en sus pensamientos, tuviera un gusto primario por el rock, ese fue Jobel.

Jobel manejaba una van color naranja. Una Volkswagen Tipo 2 modelo 1972 a la que esperaba entre neblina de lunes a viernes, siempre a las 5:45 a.m.

Foto: https://www.pinterest.com/pin/768426755150670999/

Recuerdo que, en ese entonces, pasaban más aves que carros por la calle de la colonia Siria, donde yo vivía en Tegucigalpa. Quizá, porque había un enorme árbol de guapinol que muchas tomaban por hotel de noche.

Tengo la impresión de que allí se quedaba siempre el famoso «pájaro de la muerte» que mencionaba mi abuela Tita y que cada vez que llegaba, nunca le quedaba mal al barrio, días después teníamos velorio.

No tengo ni idea de cómo se llama el bendito pájaro, pero no soy el único que tiene referencias de él. De hecho, días antes que mi madre muriera vino por aquí.

En Chile lo llaman Raiquén, en Honduras no tengo más información.

Jobel nunca fallaba. Siempre a tiempo. Era el conductor de nuestra ruta escolar. En su van recogía cerca de 15 niños y yo era de los primeros en la ruta y de los últimos en llegar a casa.

Esos fueron los dos únicos años en los que quizá tuve una vida tranquila.

Cuando lo esperaba, solía estar muy pendiente del horizonte. Aquella quietud solo podía ser interrumpida por el sonido del motor de algún autobús urbano, generalmente marca Hino o Rosmo. O en el caso que me interesaba eran los focos amarillos de la van de Jobel.

Cuando el «busito» paraba, ya estaba sonando el rock. La próxima hora, que duraría el viaje, la haría escuchando esa música de la que no entendía nada pero que al ser un caset conocía ya su perfecto orden.

La primera era Long Tall Sally de Little Richard -lo sé porque con el tiempo las reconocí y guardé- y justo la van se ponía en marcha en busca de los siguientes niños, que al igual que yo iban sacándose el sueño de encima con esas guitarras y teclados.

Jobel era de la vieja escuela en aquel 1988 cuando la moda musical ya era el pop, el soft rock, el metal y las últimas oleadas de la música disco. Jobel se mantenía firme como un poderoso soldado a aquella música que quizá en su niñez había absorbido de su padre.

Tal vez trataba de hacer lo mismo con nosotros y su radio.

No sé cuántos años tenía Jobel. Igual era un tipo muy callado y siempre trataba de no abrir la boca.

Me parecía que tenía algún problema molar porque su mejilla izquierda siempre estaba abultada. Como si un tremendo dolor de muelas lo aquejara. Nunca lo supe, nunca se lo pude preguntar.

Creo que igual hoy tampoco se lo preguntaría.

Empecé a odiar a Jobel, pero siempre me caía bien. Era raro, pero me sentí celoso desde aquel mediodía que Jobel se besó frente a nosotros con la profesora Reina. Mi hermosa profesora de primer grado que siempre iba en el asiento delantero de la van.

Bueno, fue un piquito de saludo, pero mí fue como un corte de navaja en la garganta.

Lo odiaba por besar a mi hermosa profesora mientras sonaba Dream Lover de Bobby Darin, pero a la vez me caía bien porque nos seguía poniendo buena música. Y en especial era nuestro héroe cuando le pedíamos canciones en especial.

Era un gran DJ de casetes mientras manejaba. Tenía esa habilidad. Pero nunca hablaba. Solo con la profesora Reina o cuando alguno de los otros niños se salía de control.

Las reglas del «busito» de Jobel eran claras: nadie tiraba basura, nadie se ponía de pie mientras se iba en marcha y nadie se podía bajar del bus hasta que no estuviera completamente detenido.

Y todos las cumplíamos a cabalidad hasta que un día, un niño llamado Allan las «rompió».

La música es poderosa y en la memoria suele desbloquear recuerdos.

Sonaba I Just Don’t Know de Alton and Jimmy. La van subía por la avenida Reforma de Tegucigalpa y frente al semáforo de la Embajada de los Estados Unidos, Allan se recostó en la puerta trasera de la van y esta se abrió cuando Jobel arrancó en la luz verde.

Allan voló tres segundos, en cámara lenta, antes de rodar mínimo 20 metros por el pavimento a medida que otros autos se acercaban a él.

Unos entraron en desesperación gritando «Jobel», y otros «profe Reina»… pero Allan fue más valiente que todos, y tuvo muchos reflejos, además de fortuna, para levantarse, reponerse y correr de regreso a la van que ya se había detenido.

Ese día fuimos en grupo al hospital y Allan se ganó el apodo del «gato». De hecho, creo que se volvió una especie de leyenda dentro de aquella van. Un rockstar en nuestro pequeño universo.

Desconozco qué consecuencias tuvo Jobel luego con los padres de Allan. Pero supongo que no fueron mayores pues Jobel siguió manejando la van y Allan viajando con nosotros.

Por las tardes, cuando tocaba regresar a casa. Jobel siempre partía del estacionamiento de la escuela con la misma canción. Y lo hacía porque nosotros se lo pedíamos. Creo que quizá luego se volvió su amuleto.

Y aunque siempre le daba un beso a la profesora Reina antes de arrancar, se lo perdonaba porque nos ponía esa canción que a todos nos encantaba tararear.

Era inconfundible el intro de aquel bajo. Creo que era había una emoción antes escuchar la voz del Rey. Era Don’t Be Cruel de Elvis.

Como dije, no tenía ni idea qué decía, pero me encantaba escucharla mientras miraba el cabello negro y largo de la profesora Reina. Sus labios rojos que horas antes me habían enseñado matemáticas y geografía, mis clases favoritas.

Me gustaba verla reír cuando nosotros le hacíamos coro a la canción.

Creo que esos son recuerdos felices.

Recuerdo que era un camino de tierra y le solíamos pedir a Jobel que se fuera por «la calle de arriba» porque nos encantaba disfrutar la vista de la ciudad entre pinos.

Nuestra escuela quedaba en una montaña que por ese entonces estaba fuera de la ciudad. Hoy el crecimiento de la ciudad ya la hizo parte suya. Jobel solo nos hacía caso cuando la profesora Reina se lo indicaba.

Entonces celebrábamos más. Y el Rey nos acompañaba.

Es irónico porque ahora, puedo traducir la canción y resulta que la letra dice: Don’t Be Cruel, I got a heart so true… (No seas cruel, tengo un corazón tan verdadero).

Puntuación: 4 de 5.

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